Los gastadores del desfile del 15 de septiembre

Por Werner Ovalle Sáenz

En septiembre de 1970, en el desfile de las fiestas patrias, marché en el último pelotón del INVO. Chaparrito, con 12 años, no encontré otra opción pues era muy malo de oído para considerar mi ingreso en la banda de guerra, y así poder ir adelante.  Fue incómodo porque el último pelotón del INVO iba más cerca de la banda del siguiente participante en el desfile: el Instituto Gabriel Arriola Porres, que llevaba otro ritmo y otro repertorio.  Eso hacía que fuera difícil, si no imposible, “llevar el paso” con el resto de nuestros pelotones y nuestra banda.  Desde allí empecé a considerar la posibilidad de algún día ser de los primeros, en la fila de los gastadores.

Gastadores desfilando un 15 de septiembre. A mediados de la década de los 70 del siglo xx d.C.
Gastadores desfilando un 15 de septiembre. A mediados de la década de los 70 del siglo xx d.C.

En 1973 se cumplió mi deseo. Junto con mis recordados compañeros Julio Velarde, Miguel Jui, Carlos Grijalva, Edgar Morales, Alfredo Flores, Juan Serrano y tres compañeros más integramos la fila de orgullosos gastadores. Yo, el penúltimo en estatura. Fueron semanas de arduos ensayos bajo la dirección de Alfredo. Dábamos vueltas y vueltas por el patio del Instituto y sus corredores, practicando hasta quedar agotados.

Todos adquirimos taconeras metálicas para acentuar el sonido de las botas a cada paso y así causar mayor impresión. El paso de ganso era el más elegante. Teníamos la sensación de ser guerreros dispuestos a la batalla; y durante el desfile, al recibir los aplausos de los asistentes, los escalofríos corrían desde la nuca hacia la cintura.

El mismo grupo continuó en la fila de gastadores en 1974, nuestro último año en el bachillerato.  Ya teníamos experiencia y eso facilitó afinar pasos y rutinas al compás de la banda de guerra.  No recuerdo en cual año me ocurrió una situación que quiero contar. 

Una de las rutinas consistía en hacer doce pasos marchando al estilo ganso y luego dar un fuerte taconazo, que se oyera el ruido del metal, y hacer alto en posición de firmes.  Luego debíamos mantener la posición por alrededor de diez segundos, y sin orden audible, reiniciar para hacer doce pasos más antes de volver al taconazo y a la posición de firmes.

Durante un desfile, estábamos en plena ejecución de esa rutina por la catorce avenida, frente a la Taberna de Don Rodrigo, cuando perdí la concentración y al séptimo paso ejecuté el taconazo e hice alto. La fila de gastadores continuó y mi compañero de la derecha (el de menor estatura), reaccionó rápidamente y cerró el espacio para que la fila continuara hasta el paso número doce.

Yo me quedé congelado, en posición de firmes, sin saber qué hacer. La concurrencia no tuvo ninguna reacción; Alfredo, quien, como comandante, se desplazaba afuera de la formación, se acercó a mi oreja, y susurrando me preguntó: —¿Qué te pasa? Tratando de no ser evidente, respondí que me había equivocado.

La salida inteligente de Alfredo fue indicarme que caminara a su lado, que no marchara. Así lo hice y avanzamos hasta llegar a la esquina de la Alianza Francesa, ubicada al lado norte de la iglesia Bethel, donde consideramos que la gente ya no tenía la posibilidad de enterarse del error. Ocupé mi posición y el incidente terminó así, sin heridas en mi orgullo marchador.

Nota: Artículo publicado por primera vez en Lumen número 1.

Imagen destacada (arriba): Gastadores desfilando el 15 de septiembre de 1955.

A %d blogueros les gusta esto: