Los exploradores

Por Werner Ovalle Sáenz

No recuerdo cómo, pero si por qué, resulté siendo un muchacho explorador ─boy scout─ en el INVO.  Fue por la inquietud que despertara mi padre cuando siendo yo un niño, organizaba excursiones con la familia por los alrededores de Quetzaltenango.  Fue así como despertó en mí el gusto por los paseos en regiones agrestes de la montaña. 

Me integré al Grupo 2 de la Virgen del Rosario del INVO en 1970.  El jefe de tropa fue Edgar Rivera ─nuestro querido Rudy─, el segundo al mando fue Gustavo Villagrán (Michel) y los guías de patrulla, Gustavo Díaz Pérez y Nelton Rivera, los cuales eran responsables de las patrullas Chivos y Chorlitos respectivamente.  Los rasos éramos Alfredo Díaz Pérez ─hermano de Gustavo─, Rudy Almengor, Carlos Gavarrete, Carlos Rímola, Carlos Lito López, yo, y otros que se pierden en los rincones de mi memoria.  Con el paso del tiempo fui el guía de la patrulla Venados.

Nuestra sede, un salón pequeño y alargado situado en la esquina noreste del segundo patio de nuestro querido INVO; encima de lo que se conocía como las misteriosas catacumbas. Bastante de las actividades fueron de estudio y entrenamiento. 

La historia del fundador, Lord Baden Powell (Robert Stephenson Smith), y de cómo sus principios y valores se fueron extendiendo por el mundo. El aprendizaje de nudos útiles en el campo y en la vida cotidiana.  La enseñanza era estimulada por la competencia y el juego, lo cual la hacía más interesante.  Los integrantes de las patrullas competían en equipo por hacer en el menor tiempo el rizo, el ballestrinque, el as de guía, el vuelta escota simple, el pescador y no recuerdo cuales más.  Entre nudo y nudo debíamos cruzar a la carrera todo el patio, de graderío este a graderío oeste. No era solo hacerlos muy rápido sino hacerlos bien, para lo cual, los guías de patrulla revisaban cuidadosamente cada uno. 

En las andanzas por el campo se aprovechaba para aplicar lo aprendido en el encierro de la ciudad.  Además, el rigor de la disciplina se aplicaba sin distinciones.  Al que fallaba le tocaba algún castigo que al final fuera de utilidad.  Por ejemplo, si alguien llegaba tarde al punto de reunión, se le asignaba la carga del agua de uso común ─que era una carga muy pesada─.  Si alguien dejaba flojo un nudo, o no dejaba tirante una cuerda de la carpa, le tocaba el turno de guardia más difícil durante la noche o le tocaba hacer la zanja corta-aguas alrededor de la carpa.  Era aprender para ser mejores. 

Del grupo de La virgen del Rosario se originó una aventura que al final fue la más extenuante y emocionante para todos.  Partió del centro de Xela, caminando hacia la carretera que comunica con la costa.  Antes de llegar a Zunil, cruzamos a la izquierda por el desvío a las Fuentes Georginas y a medio camino, en una bifurcación hacia la derecha nos dirigimos al volcán Zunil.  Éramos, Michel, Gustavo, Nelton y yo.  Dispuestos a una caminata casi desconocida, que nos llevaría desde 3,500 metros sobre el nivel del mar, hasta 300 (solo Gustavo conocía hasta la mitad del recorrido).  Subimos por pendientes en las que predominaban las de baja dificultad y hacia la una de la tarde, en una casa de madera abandonada, nos detuvimos a comer. 

El plan era llegar a la cumbre ese mismo día y acampar en lo más alto.  No fue fácil, de allí en adelante las pendientes fueron más pronunciadas conforme avanzábamos.  El sol se ocultó y todavía no alcanzábamos nuestra meta.  Finalmente, pasadas las siete llegamos a la parte más alta.  Tras discutir por unos minutos decidimos caminar un tramo en descenso hacia la costa, para evitar el viento fuerte que encontramos en la cumbre.  Rápidamente armamos la carpa ─la tienda de campaña─, cenamos y nos acomodamos para pasar la noche. 

Mientras hacíamos planes para el día siguiente, alguien encendió su linterna y pudimos ver arañas de gran tamaño que caminaban por la carpa. Además, algunos zancudos se habían colado dentro de la tienda.  Y eso no fue todo, la mayoría estábamos ya durmiendo cuando una mezcla de rugido y grito nos despertó. Sonó muy cerca de la carpa y nos infundió cierto temor.  Salimos linterna en mano a ver de qué se trataba.  Eran unos felinos que por su gran tamaño no podían ser gatos.  Los animales huyeron al ver las luces de nuestras linternas, adentrándose en los arbustos.  Por precaución encendimos una fogata y volvimos a la tienda.  Ya no pudimos dormir tranquilos porque a pesar de la fogata, los tigrillos -o quizá ocelotes- volvían a las cercanías de la carpa cada vez que nos introducíamos en ella.  Seguramente el olor de la comida los atraía fuertemente. 

Finalmente amaneció, levantamos el campamento y seguimos el descenso.  Luego de caminar varias horas, durante las cuales cruzamos por parajes con vegetación cerrada, por lo que debimos abrir brecha con machete ─y soportar la picadura de docenas de zancudos que se levantaban en nubes a nuestro paso─, llegamos a un sitio agradable.  Estaba cruzado por un riachuelo de agua cristalina y muy fría.  Aprovechamos para saciar la sed y llenar las cantimploras. Había varios árboles altos, que descubrimos que eran de aguacatillo.  Buscando por el suelo recogimos algunos frutos que comimos a pesar de no estar suficientemente maduros. 

Al continuar la marcha nos encontramos con que el sendero terminaba en un frágil, angosto y largo puente; fabricado de tramos de palo rollizo, rústico ─parejas de troncos atados uno al lado del otro, sin bordes de protección─, que seguía la curvatura de un corte en la montaña.  El precipicio era profundo, y lo angosto del puente hacia necesario otro palo, de diámetro menor, atado a la altura del pecho para ayudar a sostenerse y mantener el equilibrio.  Cruzamos uno por uno con todo cuidado para evitar cualquier percance. 

Al salir de ese escollo, llegamos a un plano inclinado que nos condujo a un amplio campo, repleto de moras silvestres.  Los arbustos estaban con frutos maduros y nos pusimos a cortar con entusiasmo y luego a comer recostados en el monte.  Delicioso encuentro. 

Continuamos el descenso y ya entrada la tarde, vimos una plasta de vacuno.  Esa fue la primera señal de que nos estábamos acercando a lugares poblados. Luego empezamos a encontrar cosas como envoltorios de cigarrillos y golosinas.  Finalmente, algunas vacas con sus terneros, paciendo en campo abierto y al poco tiempo, gente.  Como ninguno de nosotros conocía, no teníamos idea de adonde habíamos llegado.  Se trataba de Santo Tomás La Unión.  Aunque ya era noche cerrada, continuamos caminando, cruzamos San Pablo Jocopilas y llegamos a Samayac.  Habíamos caminado bajo una lluvia pertinaz desde que dejáramos el campo de las moras e íbamos empapados y agotados, por lo que decidimos pasar la noche en Samayac.  Arreglamos los bártulos en el corredor de la municipalidad y nos quitamos la ropa mojada.

Apenas amaneció, comimos panitos con frijoles y fruta como desayuno y continuamos la marcha.  No tardamos en llegar al entronque con la carretera asfaltada, a un par de kilómetros de San Bernardino, lo cual nos llenó de alegría.  Alegría momentánea porque según el plan todavía debíamos caminar 60 kilómetros para volver a Quetzaltenango.  Solo uno de nosotros tenía dinero para pagar un autobús y decidió hacerlo.  Se fue.  Los demás seguimos caminando al borde de la carretera, sin prisa, gozando en cada oportunidad.  Encontramos un puente y decidimos bajar al río.  Disfrutamos un rato de las delicias del agua y luego a seguir.  Aunque gozábamos con ese tipo de aventuras, ya estábamos cerca del agotamiento y envidiando al que se había ido en el autobús.  Cruzamos Mazatenango sin detenernos.

 Cuando llegamos a Cuyotenango ─después de caminar 15 kilómetros de asfalto─, Nelton mencionó que en ese lugar vivía un familiar que tenía un restaurante.  Fuimos a pedirle dinero prestado, y el bueno del pariente ordenó que nos sirvieran un opíparo almuerzo.  Llenamos la barriga y salimos a esperar el autobús.  Al llegar a Xela, nos sentamos en la rotonda y comimos los últimos panitos con frijol, que ya estaban un poco ácidos. Y calabaza, calabaza, cada uno para su casa.  Grande e inolvidable aventura de nuestra época de estudiantes en el INVO.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s

A %d blogueros les gusta esto: